miércoles, 27 de agosto de 2014

Y la tengo.

Y desperté.
Seco y solo, rodeado de fina arena dorada y blanca que descansaba sobre el infinito, y que ocupaba hasta el fin del horizonte.
Y el cielo sobre mí.
Gran manta azul, cúpula de reloj suizo, indestructible, que, a juzgar por la posición del sol, marcaba las doce.
Los rayos del astro de la vida quemaban los ojos si no te tapabas con mano, pero era tan bello...
Primera tentación.
Miré fijamente a la bola de fuego, y le dije: "¡Te quiero!", pero sólo hizo que cegarme y quemarme por dentro.
Primer dolor...

Y anduve. Anduve odiando al sol, y queriéndolo dejar atrás, pero siempre me seguía...
"¿Cómo cubrirme los ojos?", pensé, mientras seguía andando, camino a mi salvación.
Y lo vi.
Gracias a darme cuenta de mi error, encontré una solución.
El grandísimo cactus, verde, y con flores rosadas, estaba plantado en mi camino.
Y me fijé.
La arena tras la planta estaba fría y oscura, la sombra la cuidaba.
Y me dejé.
Me dejé llevar por las sombras del camino, ocultándome de la superficie, buscando lo que creí que siempre, quise querer.
Y la encontré.
La gran roca morena, que tapaba la luz, no dejaba que penetrara en su interior... Me enamoré.
Su pureza se dejaba entrever, en su interior... Y la besé. ¡Pero todo era una simple ilusión!
Ella ya no estaba, y desperté.
El cactus me había envenenado, el sol, quemado, las sombras me estaban matando, y me escapé...
Corrí por toda la tierra.
Y te encontré.
A ti, diosa del agua. Mojada, firme y sola.
Y me enamoré perdidamente.
Pero no... Mi dolor no te quería...
Y me tapé.
Me tapé el sol que cegaba, levanté las vistas de las sombras, me saqué las espinas y quise creer.
En ti. En mí.
En un tú y yo, sin fin.