sábado, 22 de febrero de 2014

Primera. [Con la segunda parte]

Corría una curiosa época, la revolución estaba a punto de estallar, la gente te miraba con odio si no llevabas esas marcas a fuego y tinta… Y, bueno, debías dar gracias si no te tiraban alguna piedra a la cara, por eso tenías que llevar cuidado cuando salieses a la calle.
Me marché de mi casa, llamé al ascensor y, antes de que sonase el característico “cloc” que avisa de que ya puedes abrir la puerta yo cerré la de mi casa con llave y todo. “Coordinación total”, pensé riéndome un poco.
Entré en la máquina y mientras bajaba los cuatro pisos que alejaban del suelo mi apartamento, me miraba en el espejo para peinarme. “No sé porqué sigo haciendo esto”, pensé. “No tengo a nadie para quien ponerme guapo”.
Con el pie empujé la puerta, ignorando el erróneo cartel de “tire” que unos obreros españoles habían colocado ahí.
Salí con el paso apretado ya que no quería encontrarme con ningún vecino (casi todos revolucionarios) y cuando estaba ya bajando las escaleras que precedían la puerta que daba a la calle, escuché una puerta y un grito.
─¡Eh, Villar, espérame!
Su voz femenina y firme, pero dulce también, recorrió un pequeño pasillo y llegó a mis oídos unas milésimas de segundo antes de que acabase de abrir la puerta.
Entró por mis conductos auditivos y una vez que mi cerebro comprendió que era a mí a quien solicitaban, mi cuerpo se paralizó y se me heló la sangre. ¡Yo no quería quedarme ahí, quería largarme!
─¿Pero qué…? Ah, hola. Hola Cecilia. ¿Qué quieres?─ pregunté notablemente molesto.
─Uy, chico, que voz me traes. Mira─ dijo enseñándome una cajita negra─. ¿A que no sabes qué hay dentro?
Su cara esbozaba una sonrisa curiosa.
Al hacerlo, su nariz siempre se achataba un poco y quedaba realmente mona.
Yo estaba de mal humor por que quería irme, pero el verla ilusionada y el fijarme en su pequeña nariz hizo que se me escapara una sonrisilla, que ella tomó como una aceptación a su juego.
Me di por vencido, y antes de que ella comenzase a hablar me pasó fugazmente un recuerdo, o varios, no lo sé, pero recordé los tiempos en que estábamos saliendo juntos.
Si acepté su petición de noviazgo, seguro que podía aceptar por voluntad propia ver qué había en la caja.
─Aaagh. Bueno. ¿Qué hay?─ pregunté resignado.
─Adivínalo…─dijo con voz juguetona y riendo por lo bajo.
Su pelo caoba se movía hacia los lados ya que ella no se quedaba quieta. Era tan bonito… A veces no recuerdo porqué decidí cortar la relación amorosa con ella.
─Tengo prisa, Ceci. Dímelo─ corté fulminante.
─¡Es un esqueleto de bebé serpiente!─ gritó emocionada.
─Oh. Vaya. Es… No me lo esperaba.
¡Claro que no me lo esperaba! La caja negra, con los bordes dorados y con un grabado sobresaliente parecía la típica caja para guardar anillos, moneditas o pendientes. No una caja para fósiles.
─No te gusta…─ dijo cabizbaja.
─No es que no me guste, es que tengo que subir a un tren que va a Barcelona.
─¿Ah sí? ¿Y eso? ¿A qué vas? ¿Vas a ver a alguien?
Todas esas preguntas me desconcertaron.
─¿Y a ti qué más te da?─ le contesté enfadado.
─Bueno, soy tu… Oh, bueno. Curiosidad.
Seguía comportándose como si fuese mi novia, ese aspecto obsesivo siempre me gustó de ella, pero eso no podía hacer que la relación durase.
─Repito. ¿Y a ti qué más te da? ¿Eh? Además, como me distraiga más voy a perder el puto tren. Adiós.
Y dicho eso, abrí la puerta y me fui.
Antes de que se acabase de cerrar del todo escuché:
─Pero Dani… Yo aún te…
Y se cerró.
Al salir a la calle el frío me aplacó, pero no me inmuté. Aún estaba pensando en lo que casi había acabado de escuchar.
"¿Dani aún me qué?", pensé cabreado. "¿¡Aún me qué!?".

Bajé una calle medio corriendo medio andando, no sin haberme colocado antes unos auriculares para no oír a la gente rompiendo escaparates y coches.
Caminaba dando brincos haciendo coincidir los pasos con el ritmo de la canción.
"Nanana, kill everybody... Kill", tarareaba en mi mente.
La canción iba tomando más rapidez.
"
Ki-ki-ki-ki-ki-kiiiiiil!".
─KILL!─ grité, y al hacer eso, alerté a un montón de punks que estaban cometiendo actos vandálicos.
"Mierda", pensé al escuchar sus cadenas dando golpes.
Yo no sabía que me perseguían, quiero decir, no lo vi, pero sí sabía que algo malo venía hacia donde estaba yo.
Las cadenas rechinaban detrás de mí.
"Puede que sean diez, o quince...", pensaba mientras corría delante del mal.
"KILL EVERYBODY! KIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIILL!".
"¡Corre más!", me decía a mí mismo. "¡Corre que están detrás!".
"What I wanna? WHAT!? I WANNA KILL YOU!".
¡Hijo de puta! ─gritaban ellos─ ¡Deja que te cojamos, vas a ser del buen bando, puto tarado!
Esas palabras no me inspiraban confianza, así que como debéis suponer no paré.
¿¡Por qué no os vais al infierno y le comentáis a Satanás que venís de parte de Villar, que no quiere veros jamás!?─ grité burlón.
De repente me sentí muy poderoso. De repente pensé que podría con todos ellos.
En ese momento estaba pensando en Cecilia.
¿¡Qué has dicho, pedazo de perro!?
Los estaba enfureciendo, por suerte ya estaba llegando a la estación y allí los policías no les dejarían pasar, era bastante obvio que eran revolucionarios y que yo no lo era, así que estaría protegido.
¡Corred más rápido─ gritó el que debía ser el jefe de ese grupo de punks─, que está yendo hacia los trenes!
Ellos se habían dado cuenta de mi plan, pero por suerte sólo quedaba una calle.
¡Iros a la mierda, putas!─ grité triunfal.
"Kill!".
Los punks desaceleraron al ver que ya estaba saludando a los policías, aunque aún tuvieron huevos de decirme algo más.
¡Ni te atrevas a venir otra vez por aquí, cabronazo!─ comentaron entre risas.
¡Ya veremos quién es el cabronazo!
Recuperé el aire apoyándome sobre mis rodillas mientras que un policía se ponía delante de mí cubriéndome con un escudo.
Joder, Villar, anda que no, siempre la estás liando, jajaja.
¿Eh? Ah, hola, Minkov. Espera un poco, ¿sí? Estoy cansado. Vengo desde donde estaban los bomberos.
¿Desde los bomberos? Guau. ¿Y con esa horda de quinquis? Ya decían que eras duro de pelar.
Parecía sorprendido.

Normal.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Cálida lluvia.

No eran más de las ocho de la mañana cuando me desperté y me destapé tratando de no hacer ruido.
Me giré con un movimiento eficiente e insonoro, me puse unas pantuflas que había colocado previamente bajo mi lado de la cama y salí de la habitación cerrando la puerta habiendo echado un vistazo a la mujer que me acompañaba esa noche y todas las anteriores desde que los dos compramos la casita en el campo.
Me dirigí a la cocina e hice ademán de prepararme un café, pero no llegué a preparármelo porque sabía que si mi mujer se despertaba no podría volver a dormirse. Siempre decía que si no dormía mucho, le temblaban las manos, y eso en su profesión, violinista, no era bueno.
Pensé que si salía unos minutos antes de lo habitual, podría tomarme un cortado en la cafetería de la editorial e incluso podría comenzar antes mi trabajo para adelantarlo y llegar más pronto a mi vida.
Cuando entré de nuevo a la habitación para coger mi ropa, cosa que debí hacer antes, Míriam seguía durmiendo plácidamente.
Pasé varios minutos observándola aplastar la oreja, su bonita, menuda y rosada oreja.
Cuando me quise dar cuenta eran casi las ocho y media y ya debía estar en la cafetería, pero se me había pasado el tiempo volando mientras pensaba en lo afortunado que era.
Fui directo al armario y agarré unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca, una camisa verde, una bufanda gris, una chaqueta con el interior marrón y unos calcetines gruesos.
Volví a sentarme en la cama sin provocar demasiado movimiento después de colocarme los pantalones y me puse los calcetines.
Con la camisa en la mano, la bufanda sobre el hombro y la camiseta ya puesta, besé en la frente a mi acompañante y me volví a ir de la habitación.
Mientras buscaba las llaves de mi coche, me colocaba los zapatos. A punto estuve de caer varias veces, pero optimizar tiempo era importante.
Al acabar de vestirme, agarré las llaves de casa del cuenco que estaba en la entrada y me marché.
Bajé a un camino que estaba fuera del terreno de la casa y entré en mi vehículo. Lo puse en marcha, esperé unos minutos a que se calentase el motor, encendí la calefacción y pisé el acelerador suavemente para causar el menor ruido. Era necesario no despertarla.

Conduje durante veinte minutos que realmente pudieron haber sido diez, pero al policía de turno le pareció divertido presentarse en la carretera y hacerme parar:
─Buenos días─ dijo el agente mientras señalizaba que me hiciese a un lado, en el arcén.
Bu-buenos días... ¿Hay algún problema señor agente?─ pregunté más bien nervioso ya que si me entretenía podría perder valioso tiempo.
No hombre, no, es rutina. Simple inspección─ afirmó el policía.
¿Rutina? Es la primera vez que le veo aquí...
─Bueno, me ha pillado─ confesó entre risas─, es mi primer turno aquí.
¿Eh?─ contesté desconcertado, tenía que marcharme ya─ Oh, sí, bueno, ¿puedo irme ya? Llegaré tarde al trabajo...
¿Se ha despertado usted tarde?
No, realmente no, me quedé embelesado observando a mi mujer dormir... ¿Sabe? Es tan bonita... Cuando pedí su mano estaba igual que ahora... Espere, ¿qué hago yo contándole esto? ¿¡Me va a dejar irme ya o qué!?
Bueno, relájese, enséñeme sus papeles...
Y así, durante seis minutos, estuvo repasando unos papeles que podían haberse leído treinta veces en menos de dos.
Está todo en regla. Puede marcharse─ sentenció el agente.
Oh, por fin. Gracias por todo. Espero volver a verle.
─Eso dicen todos...

El camino fue tranquilo, y por eso pude correr algo más, cosa que me hizo ahorrar unos minutos.
Llegué a tiempo a la editorial, y me pude tomar el café.
El día iba bastante bien, sin contar el hecho de que el policía me hizo perder esos minutos que al final no resultaron tan valiosos.
─Fermín, ha llegado usted muy justo.
─Sí, lo siento señor director... No volverá a pasar.
El director estaba en la puerta del edificio esperándome. Jamás había hecho algo así, me comentaron las secretarias.
─No se preocupe hombre, no pasa nada. Es más, acaba usted de llegar justo para la reunión.
─¿Reunión? Pero si soy un simple escritor de la columna del periód...
─Calle hombre, calle─ me cortó el señor Salvador.

Don Salvador era buena persona, un poco exigente, pero bueno al fin y al cabo. Si tenías algún problema siempre podías ir a pedirle consejo, él te ayudaría. Pero desde que su mujer falleció estaba de capa caída.
─¿Que... me calle?
─Suba, suba, vamos, vamos, no pierda el tiempo. Mis compañeros están esperando en mi despacho...
Y así, Don Salvador me acompañó hasta su sala pre-despedidas.
Pre-despedidas o pre-ascensos.

martes, 18 de febrero de 2014

Cálida lluvia.

Cuando volvía de la editorial caía una lluvia implacable. Una lluvia que acababa de calar en el fondo de mis huesos. Una lluvia que invitaba a pasar el menor tiempo posible lejos del hogar.
Aunque, ¿qué había en el hogar?
Oh. Espera. Debía ir a mi hogar.
Debía ir a nuestro hogar.
Cuando llegué a mi casa, mojado en lugares donde nunca debía haber entrado agua, tardé varios segundos en adaptarme a la luz que recorría el pasillo. En la calle había una oscuridad turbia, con tonos violáceos, y por eso cuando abrí la puerta el haz de luz cálido me golpeó en la cara.
-¡Hola!- saludó una voz adorable.
Esa voz llegó a mis oídos alejando toda sensación desagradable y dejando paso al tranquilizante sentimiento del amor.

Caminé unos metros hasta que llegué al salón, y allí estaba ella, estirada en el sofá con un cojín bajo sus piernas. Su brazo derecho cargaba con el peso de su cuerpo, pero parecía una posición cómoda.
Me acerqué y ella hizo ademán de levantarse, pero sin mediar palabra alguna me incliné hacia ella y la besé, indicando que se colocase de manera que pudiéramos estar los dos estirados.
Ella se movió hacia adelante y yo salté tras su cuerpo aún mojado.
Le pregunté si le molestaba el agua, y como respuesta recibí un abrazo.
Me moví dando a entender que quería que se pusiese encima de mí, y ella lo comprendió.
Saltó encima de mí con una sonrisilla y me atrapó las piernas con las suyas.
Apoyó su cabeza en mi pecho y yo acaricié su pelo hasta que el calor mutuo me secó dando pie a una larga noche presidida por el silencio de las palabras y el lenguaje de las miradas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Lluvia.

La lluvia, está siempre ahí, escondida entre las nubes pero vigilando nuestra sequía. Algo falla si ésta no se presenta de noche golpeando las ventanas con una suavidad que te levanta con cariño, recorriéndote aun sin haber entrado en tu alcoba. Vacía alcoba. Cálida pero sin la humedad del amor y con el dolor sólido de lo profundo de tu corazón.
Si sales de tu cama sabiendo que nadie te espera fuera, si tienes el valor de hacerlo, la lluvia te acogerá afuera acariciándote el pelo con su humedad mágica, con una fuerza superior a la del mayor holocausto o a la de la mayor bomba.
La lluvia, sinónimo de tristeza y drama, yo la veo como una amiga.
¿Quién me acaricia a mí? Exacto, sólo la lluvia. Es preciosa. Amable. No te decepciona. Cuando está, está, y siempre deja su rastro para que te acuerdes de ella. Puede ser terrorífica pero también conciliadora. Puede dar vida, pero obviamente si está enfadada te la quitará sin remordimientos.
Pero si está apaciguada... Es tan hermosa... Es una diva de agua. Es la diosa de la humedad, el viento la sigue y el frío se calienta si con ella no está...
Ella es la que me mecerá en los días de tristeza y la que me acompañará en el viaje en tren hacia el lugar dónde mi alma habita.

No cabe duda de que es el regalo de los dioses, la vida que mandan y las que nos quitan.
Ellos saben qué hacer.

lunes, 10 de febrero de 2014

Y que rápido creyó que me olvidé de ella...

El sol despuntaba cuando me sonó el despertador.
-¡Buenos días, mundo!- proclamé.
Eran las siete de la mañana de un martes y yo estaba ansioso por ir a clase. No por el temario, no, era por verla a ella.
Me destapé y noté como el vello de la pierna se erizaba al entrar en contacto con el frío, pero como las ganas de estar a su lado eran mayores ignoré la sensación y me levanté de un bote para empezar a vestirme.
-Pantalón negro... Camiseta negra... Bambas... Camisa...
No era metalero ni nada por el estilo, simplemente el negro me quedaba y sigue quedando genial.
Desconecté la estufa del baño y la enchufé en la regleta de mi habitación, para que mientras me hacía el desayuno se fuera calentando un poco el habitáculo.
-Galletas...- susurré mientras rebuscaba en un armario de la cocina.
No quedaban. "A por leche", pensé.
La saqué de la nevera, en la que no habían demasiadas cosas, a decir verdad.
Empecé a bebérmela a morro, pero no importaba, quedaba un culín en el fondo y ya iba a tirar el envase.
Miré la hora. Las siete y cuarto.
"Más rápido imposible", sentencié en mis pensamientos.
Tenía dos opciones: hacer nada durante quince minutos y subirme a un bus que me llevaría directo al instituto, o podía salir ya para ir andando a La Plaza.
La Plaza era el lugar donde nos encontrábamos por las mañanas antes de ir a clase mis amigas, Sofía, y yo.
La Plaza era el lugar que más me gustaba de toda la ciudad, allí es donde la veía cada día.
El mejor momento de todos.

Yo no sabía calcular toda la felicidad que me inundaba al verla poco después de levantarme, y seguir viéndola durante el día valía más que todo el oro del mundo.
Pensar en  ello me animó.
Me metí una rebanada de pan duro en la boa y salí de mi casa con una sonrisa que asomaba tras el pan.
El frío del propio rellano me caló hasta los huesos y entré de nuevo al apartamento a por un gorro.
Mi gorro era simple, uno de lana gris y muy desgastado. "El mejor amigo del hombre en días como éste", pensé entre risas mentales.
Llamé al ascensor y entre como si nada.
Me miré al espejo mientras bajaba, moviendo el pelo que asomaba bajo el gorro de lado a lado intentando lograr un peinado que valiese la pena.
Una vez en la calle, el viento aplacó, pero yo, feliz, seguí mi camino.
Tenía unas ganas enormes de llegar a La Plaza, pero aún me quedaban veinte minutos de camino.
Se me pasaron rapidísimo ya que andaba fantaseando con acariciar sus rosados pómulos, fantaseando con besar sus labios rojos...
¡Cuánto amaba a Sofía!