miércoles, 28 de septiembre de 2016

Aún recuerdo las burlas, los chavales que me arrastraban en las horas del patio.
Me empujaban con mala fe, me hacían sentir menos que ellos, lloré.
Sabía que matarlos no era la solución, pero era lo único que quería hacer, lo juro.
Acabar con cada vida que me hundió, con cada vida que hizo que la mía fuese fría.
Aún recuerdo todas las noches que sangraba, mis venas rajaba y con una sonrisa en la cara lloraba desconsoladamente y pedía que se acabara.
Aún recuerdo todas esas cosas que merman en mí, en mi pasado frustrado, infancia que a ojos de otro es fácil de manejar, pero que aún me quema.
Y las recuerdo tan fuertemente que me despierto por la noche, veo sus rostros, escucho sus burlas de nuevo. Me vuelven las ganas de matar, y peor aún, de matarme.
Vuelvo a sentir la dejadez de aquél principio, vuelvo a sentir el odio autodestructivo...
Ahora no son cortes, son cartones lo que busco.
Aunque no me importaría coger otro cuchillo y ciego de marihuana arrancar y desangrarme desconsoladamente, mientras que con otra sonrisa renovadísima y cargada de hastío, muero tal y como he vivido...
Aún fantaseo con clavar cuchillos y lloro, cuando me doy cuenta de que me vuelvo loco poco a poco, de que cada segundo que pasa sería menos duro si estuviese muerto en la cama.
Pienso en todo aquello que me hace sentir bien, y desgraciadamente hoy no lo consigue, hoy no soy más que un puro montón de mierda, mierda que procuro digerir yo solo y sin ayuda, tal y como he estado siempre.
Acostumbrado a la pena, me falta el valor para saltar del balcón, y esa es otra razón por la que me odio profundamente.

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