martes, 24 de marzo de 2015

Madrugada de letargo.

No eran más de las seis de la mañana y yo ya iba harto del día.
Creo que había dormido algo menos de una hora y media, y no podía pegar ojo de nuevo. No es que quisiera, pero por pasar el rato, ¿sabéis?
Lo que de verdad no quería era pensar, darle vueltas a todo, otra vez, como si no hubiera un mañana.
Lo peor era que sabía que lo iba a hacer, pero quizá podía evitarlo durante un tiempo. Eso me recordaba a ella.
Era imposible evitar verla, pero quizá sí una hora, dos, ocho... Lo máximo posible era lo correcto.
Sí, no podía ser de otra forma.
"Ya me parezco a mi padre", pensé en ese momento. El cabrón fumaba ya a estas horas.
Saco un Winston, lo enciendo, lo dejo apoyado en la mesa, y veo como se consume.
A los dos minutos ya tengo la ultima calada preparada, y le doy caña.
Toso. No sé fumar, pero lo necesito.
Y recuerdo que estoy en casa.
Seguidamente me pego un tiro mental. "Podría haber sido de verdad", pienso. Pero nunca es de verdad. Nunca se cumple lo que quiero. Qué asco.
La verdad es que estaba decepcionado, decepcionado conmigo mismo.
Decepcionado conmigo mismo por el daño que me hacía, lo poco que me preocupaba, y lo mucho que lo disfrutaba.
Y pillé otro Winston.

No hay comentarios:

Publicar un comentario