domingo, 8 de diciembre de 2013

El frío no todo lo cura.

Noto el calor metálico en mi pecho, un cañón.
Siento una punzante herida delante de éste y brota del hoyo un agua roja, caliente también.
Se oyen gritos, abro los ojos, abro la boca de la que brota agua roja también y veo en mi mano un arma.
Corre una brisa llevada por la velocidad de una persona que corre igualmente. Lleva algo en la mano, un arma también.
No. Un teléfono. No llego a ver el número entero. Veo unos unos.
Vuelve la brisa, la echaba de menos, hace que sea menos agudo el dolor de la herida que, ah, ¡yo me he provocado!
Toso agua roja.
Oigo sirenas a la par que mis rodillas caen contra el frío suelo.
Pienso que si mi herida tocase el suelo se curaría de inmediato.
Dejo a la gravedad hacer su trabajo.
La herida no se cura.

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