Poco a poco mi vida se recupera, subo a cuestas los peldaños alcanzando el cielo azul, viendo ángeles acompañándome, y trabajando mi sentido del amor.
Siento sus alas batirse, siento mi corazón latir, veo su figura al final de un pasillo, brillante, y me acerco a Él.
Le voy a saludar, y ya me ha contestado, intento tenderle la mano y ya me la está estrechando.
Es más rápido que yo, se anticipa a mis movimientos, acaba mis frases, sabe lo que pienso.
He llegado al cielo, o al infierno, no lo sé.
Es frustrante que sepa qué pienso o qué voy a hacer.
"No te enfades conmigo", me dice, "no tengo la culpa de saber lo que piensas".
"¡Cállate!", le grito, "¡Déjame verla!", le exijo.
Y así, Él se desvaneció y me dejó con mi alma vagando en un paraje blanco, esponjoso, cálido y virgen.
Me movía como si de una pluma me tratase. No sentía peso alguno. Las pocas rocas que habían allí, en apariencia importadas de algún lugar sombrío y oscuro, podía moverlas con los meñiques. Todo tenía un fin y un principio, nunca acababa antes de volver a empezar.
Pensé en el paradero de mi amada, y corrí en todas direcciones hasta que un cansancio repentino inundó mi cuerpo.
"Está cerca, muy cerca", sonó en mi cabeza.
"¿Eeh? ¿Quién eres? ¿Qué haces en mi cabeza? ¿Qué quieres?", pensé repetidamente.
"No te preocupes por quien soy, preocupate por quién eres tú...", y la voz se difuminó hasta dejar de sonar.
Corrí recto hasta toparme con una piedra.
Corrí a la derecha desde ésa piedra.
Corrí a la izquierda desde una nueva piedra que encontré.
Corrí y corrí, pero nunca llegaba a nada.
"Quiero saber dónde estás...", sollozé en el suelo envuelto en lágrimas.
"¿Porqué lloras, amor?", preguntó mi amada.
Levanté la cabeza y la vi, translúcida, blanca, la vi radiante, la vi joven, guapa. La vi como siempre.
Salté a sus brazos y me apoyé en su hombro hasta que me acarició la cabeza y me dijo: "No llores más, no tienes que llorar más".
La miré y me caí al suelo, cansado, ése lugar era fatídico.
"Vámonos a casa, vámonos a casa...", le pedí.
"Amor, escucha. Estamos juntos, aquí...", ella trataba de decirme algo, pero yo no entendía nada, unas alas blancas le salían de su espalda.
"Ya estáis en casa, estáis los dos en vuestro nuevo hogar", comunicó Dios.
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