"-Bajé las escaleras y allí estabas tú, quieta, atada.
Tus labios formaban una sonrisa macabra, pequeña, los hilos no te dejaban articular palabra, y menos esbozar una sonrisa como la que solías tener.
Tu cuello, manchado, no hacía más que dejar caer gotitas de sudor que me ponían muy nervioso.
Te tiré un trapo que no recogiste, ya no me acordaba de que te había atado los brazos también.
Me acerqué lentamente a ti y noté como tu respiración se aceleraba. Tu pecho se movía rápidamente y no parabas de sudar mientras te frotaba con el trapo dejando al descubierto los cortecillos que poblaban tu piel.
Cada vez que me pasaba por encima de uno, tú hacías un sollozo mudo ya que la costura no te dejaba abrir la boca apenas, ¿lo recuerdas?
No sé porqué moriste, te encantaba jugar conmigo a que te raptaba".
Di dos toques al ataúd y me marché.
No hay comentarios:
Publicar un comentario