miércoles, 19 de febrero de 2014

Cálida lluvia.

No eran más de las ocho de la mañana cuando me desperté y me destapé tratando de no hacer ruido.
Me giré con un movimiento eficiente e insonoro, me puse unas pantuflas que había colocado previamente bajo mi lado de la cama y salí de la habitación cerrando la puerta habiendo echado un vistazo a la mujer que me acompañaba esa noche y todas las anteriores desde que los dos compramos la casita en el campo.
Me dirigí a la cocina e hice ademán de prepararme un café, pero no llegué a preparármelo porque sabía que si mi mujer se despertaba no podría volver a dormirse. Siempre decía que si no dormía mucho, le temblaban las manos, y eso en su profesión, violinista, no era bueno.
Pensé que si salía unos minutos antes de lo habitual, podría tomarme un cortado en la cafetería de la editorial e incluso podría comenzar antes mi trabajo para adelantarlo y llegar más pronto a mi vida.
Cuando entré de nuevo a la habitación para coger mi ropa, cosa que debí hacer antes, Míriam seguía durmiendo plácidamente.
Pasé varios minutos observándola aplastar la oreja, su bonita, menuda y rosada oreja.
Cuando me quise dar cuenta eran casi las ocho y media y ya debía estar en la cafetería, pero se me había pasado el tiempo volando mientras pensaba en lo afortunado que era.
Fui directo al armario y agarré unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca, una camisa verde, una bufanda gris, una chaqueta con el interior marrón y unos calcetines gruesos.
Volví a sentarme en la cama sin provocar demasiado movimiento después de colocarme los pantalones y me puse los calcetines.
Con la camisa en la mano, la bufanda sobre el hombro y la camiseta ya puesta, besé en la frente a mi acompañante y me volví a ir de la habitación.
Mientras buscaba las llaves de mi coche, me colocaba los zapatos. A punto estuve de caer varias veces, pero optimizar tiempo era importante.
Al acabar de vestirme, agarré las llaves de casa del cuenco que estaba en la entrada y me marché.
Bajé a un camino que estaba fuera del terreno de la casa y entré en mi vehículo. Lo puse en marcha, esperé unos minutos a que se calentase el motor, encendí la calefacción y pisé el acelerador suavemente para causar el menor ruido. Era necesario no despertarla.

Conduje durante veinte minutos que realmente pudieron haber sido diez, pero al policía de turno le pareció divertido presentarse en la carretera y hacerme parar:
─Buenos días─ dijo el agente mientras señalizaba que me hiciese a un lado, en el arcén.
Bu-buenos días... ¿Hay algún problema señor agente?─ pregunté más bien nervioso ya que si me entretenía podría perder valioso tiempo.
No hombre, no, es rutina. Simple inspección─ afirmó el policía.
¿Rutina? Es la primera vez que le veo aquí...
─Bueno, me ha pillado─ confesó entre risas─, es mi primer turno aquí.
¿Eh?─ contesté desconcertado, tenía que marcharme ya─ Oh, sí, bueno, ¿puedo irme ya? Llegaré tarde al trabajo...
¿Se ha despertado usted tarde?
No, realmente no, me quedé embelesado observando a mi mujer dormir... ¿Sabe? Es tan bonita... Cuando pedí su mano estaba igual que ahora... Espere, ¿qué hago yo contándole esto? ¿¡Me va a dejar irme ya o qué!?
Bueno, relájese, enséñeme sus papeles...
Y así, durante seis minutos, estuvo repasando unos papeles que podían haberse leído treinta veces en menos de dos.
Está todo en regla. Puede marcharse─ sentenció el agente.
Oh, por fin. Gracias por todo. Espero volver a verle.
─Eso dicen todos...

El camino fue tranquilo, y por eso pude correr algo más, cosa que me hizo ahorrar unos minutos.
Llegué a tiempo a la editorial, y me pude tomar el café.
El día iba bastante bien, sin contar el hecho de que el policía me hizo perder esos minutos que al final no resultaron tan valiosos.
─Fermín, ha llegado usted muy justo.
─Sí, lo siento señor director... No volverá a pasar.
El director estaba en la puerta del edificio esperándome. Jamás había hecho algo así, me comentaron las secretarias.
─No se preocupe hombre, no pasa nada. Es más, acaba usted de llegar justo para la reunión.
─¿Reunión? Pero si soy un simple escritor de la columna del periód...
─Calle hombre, calle─ me cortó el señor Salvador.

Don Salvador era buena persona, un poco exigente, pero bueno al fin y al cabo. Si tenías algún problema siempre podías ir a pedirle consejo, él te ayudaría. Pero desde que su mujer falleció estaba de capa caída.
─¿Que... me calle?
─Suba, suba, vamos, vamos, no pierda el tiempo. Mis compañeros están esperando en mi despacho...
Y así, Don Salvador me acompañó hasta su sala pre-despedidas.
Pre-despedidas o pre-ascensos.

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