lunes, 17 de febrero de 2014

Lluvia.

La lluvia, está siempre ahí, escondida entre las nubes pero vigilando nuestra sequía. Algo falla si ésta no se presenta de noche golpeando las ventanas con una suavidad que te levanta con cariño, recorriéndote aun sin haber entrado en tu alcoba. Vacía alcoba. Cálida pero sin la humedad del amor y con el dolor sólido de lo profundo de tu corazón.
Si sales de tu cama sabiendo que nadie te espera fuera, si tienes el valor de hacerlo, la lluvia te acogerá afuera acariciándote el pelo con su humedad mágica, con una fuerza superior a la del mayor holocausto o a la de la mayor bomba.
La lluvia, sinónimo de tristeza y drama, yo la veo como una amiga.
¿Quién me acaricia a mí? Exacto, sólo la lluvia. Es preciosa. Amable. No te decepciona. Cuando está, está, y siempre deja su rastro para que te acuerdes de ella. Puede ser terrorífica pero también conciliadora. Puede dar vida, pero obviamente si está enfadada te la quitará sin remordimientos.
Pero si está apaciguada... Es tan hermosa... Es una diva de agua. Es la diosa de la humedad, el viento la sigue y el frío se calienta si con ella no está...
Ella es la que me mecerá en los días de tristeza y la que me acompañará en el viaje en tren hacia el lugar dónde mi alma habita.

No cabe duda de que es el regalo de los dioses, la vida que mandan y las que nos quitan.
Ellos saben qué hacer.

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