La
lluvia, está siempre ahí, escondida entre las nubes pero vigilando
nuestra sequía. Algo falla si ésta no se presenta de noche
golpeando las ventanas con una suavidad que te levanta con cariño,
recorriéndote aun sin haber entrado en tu alcoba. Vacía alcoba.
Cálida pero sin la humedad del amor y con el dolor sólido de lo
profundo de tu corazón.
Si sales
de tu cama sabiendo que nadie te espera fuera, si tienes el valor de
hacerlo, la lluvia te acogerá afuera acariciándote el pelo con su
humedad mágica, con una fuerza superior a la del mayor holocausto o
a la de la mayor bomba.
La
lluvia, sinónimo de tristeza y drama, yo la veo como una amiga.
¿Quién
me acaricia a mí? Exacto, sólo la lluvia. Es preciosa. Amable. No
te decepciona. Cuando está, está, y siempre deja su rastro para que
te acuerdes de ella. Puede ser terrorífica pero también
conciliadora. Puede dar vida, pero obviamente si está enfadada te la
quitará sin remordimientos.
Pero si
está apaciguada... Es tan hermosa... Es una diva de agua. Es la
diosa de la humedad, el viento la sigue y el frío se calienta si con
ella no está...
Ella es
la que me mecerá en los días de tristeza y la que me acompañará
en el viaje en tren hacia el lugar dónde mi alma habita.
No cabe
duda de que es el regalo de los dioses, la vida que mandan y las que
nos quitan.
Ellos saben qué hacer.
Ellos saben qué hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario