El sol despuntaba cuando me sonó el despertador.
-¡Buenos días, mundo!- proclamé.
Eran las siete de la mañana de un martes y yo estaba ansioso por ir a clase. No por el temario, no, era por verla a ella.
Me destapé y noté como el vello de la pierna se erizaba al entrar en contacto con el frío, pero como las ganas de estar a su lado eran mayores ignoré la sensación y me levanté de un bote para empezar a vestirme.
-Pantalón negro... Camiseta negra... Bambas... Camisa...
No era metalero ni nada por el estilo, simplemente el negro me quedaba y sigue quedando genial.
Desconecté la estufa del baño y la enchufé en la regleta de mi habitación, para que mientras me hacía el desayuno se fuera calentando un poco el habitáculo.
-Galletas...- susurré mientras rebuscaba en un armario de la cocina.
No quedaban. "A por leche", pensé.
La saqué de la nevera, en la que no habían demasiadas cosas, a decir verdad.
Empecé a bebérmela a morro, pero no importaba, quedaba un culín en el fondo y ya iba a tirar el envase.
Miré la hora. Las siete y cuarto.
"Más rápido imposible", sentencié en mis pensamientos.
Tenía dos opciones: hacer nada durante quince minutos y subirme a un bus que me llevaría directo al instituto, o podía salir ya para ir andando a La Plaza.
La Plaza era el lugar donde nos encontrábamos por las mañanas antes de ir a clase mis amigas, Sofía, y yo.
La Plaza era el lugar que más me gustaba de toda la ciudad, allí es donde la veía cada día.
El mejor momento de todos.
Yo no sabía calcular toda la felicidad que me inundaba al verla poco después de levantarme, y seguir viéndola durante el día valía más que todo el oro del mundo.
Pensar en ello me animó.
Me metí una rebanada de pan duro en la boa y salí de mi casa con una sonrisa que asomaba tras el pan.
El frío del propio rellano me caló hasta los huesos y entré de nuevo al apartamento a por un gorro.
Mi gorro era simple, uno de lana gris y muy desgastado. "El mejor amigo del hombre en días como éste", pensé entre risas mentales.
Llamé al ascensor y entre como si nada.
Me miré al espejo mientras bajaba, moviendo el pelo que asomaba bajo el gorro de lado a lado intentando lograr un peinado que valiese la pena.
Una vez en la calle, el viento aplacó, pero yo, feliz, seguí mi camino.
Tenía unas ganas enormes de llegar a La Plaza, pero aún me quedaban veinte minutos de camino.
Se me pasaron rapidísimo ya que andaba fantaseando con acariciar sus rosados pómulos, fantaseando con besar sus labios rojos...
¡Cuánto amaba a Sofía!
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