Cuando
volvía de la editorial caía una lluvia implacable. Una lluvia que
acababa de calar en el fondo de mis huesos. Una lluvia que invitaba a
pasar el menor tiempo posible lejos del hogar.
Aunque, ¿qué había en el hogar?
Oh. Espera. Debía ir a mi hogar.
Debía ir a nuestro hogar.
Cuando llegué a mi casa, mojado en lugares donde nunca debía haber entrado agua, tardé varios segundos en adaptarme a la luz que recorría el pasillo. En la calle había una oscuridad turbia, con tonos violáceos, y por eso cuando abrí la puerta el haz de luz cálido me golpeó en la cara.
-¡Hola!- saludó una voz adorable.
Esa voz llegó a mis oídos alejando toda sensación desagradable y dejando paso al tranquilizante sentimiento del amor.
Caminé unos metros hasta que llegué al salón, y allí estaba ella, estirada en el sofá con un cojín bajo sus piernas. Su brazo derecho cargaba con el peso de su cuerpo, pero parecía una posición cómoda.
Me acerqué y ella hizo ademán de levantarse, pero sin mediar palabra alguna me incliné hacia ella y la besé, indicando que se colocase de manera que pudiéramos estar los dos estirados.
Ella se movió hacia adelante y yo salté tras su cuerpo aún mojado.
Le pregunté si le molestaba el agua, y como respuesta recibí un abrazo.
Me moví dando a entender que quería que se pusiese encima de mí, y ella lo comprendió.
Saltó encima de mí con una sonrisilla y me atrapó las piernas con las suyas.
Apoyó su cabeza en mi pecho y yo acaricié su pelo hasta que el calor mutuo me secó dando pie a una larga noche presidida por el silencio de las palabras y el lenguaje de las miradas.
Aunque, ¿qué había en el hogar?
Oh. Espera. Debía ir a mi hogar.
Debía ir a nuestro hogar.
Cuando llegué a mi casa, mojado en lugares donde nunca debía haber entrado agua, tardé varios segundos en adaptarme a la luz que recorría el pasillo. En la calle había una oscuridad turbia, con tonos violáceos, y por eso cuando abrí la puerta el haz de luz cálido me golpeó en la cara.
-¡Hola!- saludó una voz adorable.
Esa voz llegó a mis oídos alejando toda sensación desagradable y dejando paso al tranquilizante sentimiento del amor.
Caminé unos metros hasta que llegué al salón, y allí estaba ella, estirada en el sofá con un cojín bajo sus piernas. Su brazo derecho cargaba con el peso de su cuerpo, pero parecía una posición cómoda.
Me acerqué y ella hizo ademán de levantarse, pero sin mediar palabra alguna me incliné hacia ella y la besé, indicando que se colocase de manera que pudiéramos estar los dos estirados.
Ella se movió hacia adelante y yo salté tras su cuerpo aún mojado.
Le pregunté si le molestaba el agua, y como respuesta recibí un abrazo.
Me moví dando a entender que quería que se pusiese encima de mí, y ella lo comprendió.
Saltó encima de mí con una sonrisilla y me atrapó las piernas con las suyas.
Apoyó su cabeza en mi pecho y yo acaricié su pelo hasta que el calor mutuo me secó dando pie a una larga noche presidida por el silencio de las palabras y el lenguaje de las miradas.
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