Corría
una
curiosa época, la revolución estaba a punto de estallar, la gente
te miraba con odio si no llevabas esas marcas a fuego y tinta… Y,
bueno, debías dar gracias si no te tiraban alguna piedra a la cara,
por eso tenías que llevar cuidado cuando salieses a la calle.
Me marché de mi casa, llamé al ascensor y, antes de que sonase el característico “cloc” que avisa de que ya puedes abrir la puerta yo cerré la de mi casa con llave y todo. “Coordinación total”, pensé riéndome un poco.
Entré en la máquina y mientras bajaba los cuatro pisos que alejaban del suelo mi apartamento, me miraba en el espejo para peinarme. “No sé porqué sigo haciendo esto”, pensé. “No tengo a nadie para quien ponerme guapo”.
Con el pie empujé la puerta, ignorando el erróneo cartel de “tire” que unos obreros españoles habían colocado ahí.
Salí con el paso apretado ya que no quería encontrarme con ningún vecino (casi todos revolucionarios) y cuando estaba ya bajando las escaleras que precedían la puerta que daba a la calle, escuché una puerta y un grito.
─¡Eh, Villar, espérame!
Su voz femenina y firme, pero dulce también, recorrió un pequeño pasillo y llegó a mis oídos unas milésimas de segundo antes de que acabase de abrir la puerta.
Entró por mis conductos auditivos y una vez que mi cerebro comprendió que era a mí a quien solicitaban, mi cuerpo se paralizó y se me heló la sangre. ¡Yo no quería quedarme ahí, quería largarme!
─¿Pero qué…? Ah, hola. Hola Cecilia. ¿Qué quieres?─ pregunté notablemente molesto.
─Uy, chico, que voz me traes. Mira─ dijo enseñándome una cajita negra─. ¿A que no sabes qué hay dentro?
Su cara esbozaba una sonrisa curiosa.
Al hacerlo, su nariz siempre se achataba un poco y quedaba realmente mona.
Yo estaba de mal humor por que quería irme, pero el verla ilusionada y el fijarme en su pequeña nariz hizo que se me escapara una sonrisilla, que ella tomó como una aceptación a su juego.
Me di por vencido, y antes de que ella comenzase a hablar me pasó fugazmente un recuerdo, o varios, no lo sé, pero recordé los tiempos en que estábamos saliendo juntos.
Si acepté su petición de noviazgo, seguro que podía aceptar por voluntad propia ver qué había en la caja.
─Aaagh. Bueno. ¿Qué hay?─ pregunté resignado.
─Adivínalo…─dijo con voz juguetona y riendo por lo bajo.
Su pelo caoba se movía hacia los lados ya que ella no se quedaba quieta. Era tan bonito… A veces no recuerdo porqué decidí cortar la relación amorosa con ella.
─Tengo prisa, Ceci. Dímelo─ corté fulminante.
─¡Es un esqueleto de bebé serpiente!─ gritó emocionada.
─Oh. Vaya. Es… No me lo esperaba.
¡Claro que no me lo esperaba! La caja negra, con los bordes dorados y con un grabado sobresaliente parecía la típica caja para guardar anillos, moneditas o pendientes. No una caja para fósiles.
─No te gusta…─ dijo cabizbaja.
─No es que no me guste, es que tengo que subir a un tren que va a Barcelona.
─¿Ah sí? ¿Y eso? ¿A qué vas? ¿Vas a ver a alguien?
Todas esas preguntas me desconcertaron.
─¿Y a ti qué más te da?─ le contesté enfadado.
─Bueno, soy tu… Oh, bueno. Curiosidad.
Seguía comportándose como si fuese mi novia, ese aspecto obsesivo siempre me gustó de ella, pero eso no podía hacer que la relación durase.
─Repito. ¿Y a ti qué más te da? ¿Eh? Además, como me distraiga más voy a perder el puto tren. Adiós.
Y dicho eso, abrí la puerta y me fui.
Antes de que se acabase de cerrar del todo escuché:
─Pero Dani… Yo aún te…
Y se cerró.
Al salir a la calle el frío me aplacó, pero no me inmuté. Aún estaba pensando en lo que casi había acabado de escuchar.
Me marché de mi casa, llamé al ascensor y, antes de que sonase el característico “cloc” que avisa de que ya puedes abrir la puerta yo cerré la de mi casa con llave y todo. “Coordinación total”, pensé riéndome un poco.
Entré en la máquina y mientras bajaba los cuatro pisos que alejaban del suelo mi apartamento, me miraba en el espejo para peinarme. “No sé porqué sigo haciendo esto”, pensé. “No tengo a nadie para quien ponerme guapo”.
Con el pie empujé la puerta, ignorando el erróneo cartel de “tire” que unos obreros españoles habían colocado ahí.
Salí con el paso apretado ya que no quería encontrarme con ningún vecino (casi todos revolucionarios) y cuando estaba ya bajando las escaleras que precedían la puerta que daba a la calle, escuché una puerta y un grito.
─¡Eh, Villar, espérame!
Su voz femenina y firme, pero dulce también, recorrió un pequeño pasillo y llegó a mis oídos unas milésimas de segundo antes de que acabase de abrir la puerta.
Entró por mis conductos auditivos y una vez que mi cerebro comprendió que era a mí a quien solicitaban, mi cuerpo se paralizó y se me heló la sangre. ¡Yo no quería quedarme ahí, quería largarme!
─¿Pero qué…? Ah, hola. Hola Cecilia. ¿Qué quieres?─ pregunté notablemente molesto.
─Uy, chico, que voz me traes. Mira─ dijo enseñándome una cajita negra─. ¿A que no sabes qué hay dentro?
Su cara esbozaba una sonrisa curiosa.
Al hacerlo, su nariz siempre se achataba un poco y quedaba realmente mona.
Yo estaba de mal humor por que quería irme, pero el verla ilusionada y el fijarme en su pequeña nariz hizo que se me escapara una sonrisilla, que ella tomó como una aceptación a su juego.
Me di por vencido, y antes de que ella comenzase a hablar me pasó fugazmente un recuerdo, o varios, no lo sé, pero recordé los tiempos en que estábamos saliendo juntos.
Si acepté su petición de noviazgo, seguro que podía aceptar por voluntad propia ver qué había en la caja.
─Aaagh. Bueno. ¿Qué hay?─ pregunté resignado.
─Adivínalo…─dijo con voz juguetona y riendo por lo bajo.
Su pelo caoba se movía hacia los lados ya que ella no se quedaba quieta. Era tan bonito… A veces no recuerdo porqué decidí cortar la relación amorosa con ella.
─Tengo prisa, Ceci. Dímelo─ corté fulminante.
─¡Es un esqueleto de bebé serpiente!─ gritó emocionada.
─Oh. Vaya. Es… No me lo esperaba.
¡Claro que no me lo esperaba! La caja negra, con los bordes dorados y con un grabado sobresaliente parecía la típica caja para guardar anillos, moneditas o pendientes. No una caja para fósiles.
─No te gusta…─ dijo cabizbaja.
─No es que no me guste, es que tengo que subir a un tren que va a Barcelona.
─¿Ah sí? ¿Y eso? ¿A qué vas? ¿Vas a ver a alguien?
Todas esas preguntas me desconcertaron.
─¿Y a ti qué más te da?─ le contesté enfadado.
─Bueno, soy tu… Oh, bueno. Curiosidad.
Seguía comportándose como si fuese mi novia, ese aspecto obsesivo siempre me gustó de ella, pero eso no podía hacer que la relación durase.
─Repito. ¿Y a ti qué más te da? ¿Eh? Además, como me distraiga más voy a perder el puto tren. Adiós.
Y dicho eso, abrí la puerta y me fui.
Antes de que se acabase de cerrar del todo escuché:
─Pero Dani… Yo aún te…
Y se cerró.
Al salir a la calle el frío me aplacó, pero no me inmuté. Aún estaba pensando en lo que casi había acabado de escuchar.
"¿Dani
aún me qué?", pensé cabreado. "¿¡Aún me qué!?".
Bajé una calle medio corriendo medio andando, no sin haberme colocado antes unos auriculares para no oír a la gente rompiendo escaparates y coches.
Caminaba
dando brincos haciendo coincidir los pasos con el ritmo de la
canción.
"Nanana,
kill everybody... Kill",
tarareaba
en mi mente.
La
canción iba tomando más rapidez.
"Ki-ki-ki-ki-ki-kiiiiiil!".
─KILL!─ grité, y al hacer eso, alerté a un montón de punks que estaban cometiendo actos vandálicos.
"Ki-ki-ki-ki-ki-kiiiiiil!".
─KILL!─ grité, y al hacer eso, alerté a un montón de punks que estaban cometiendo actos vandálicos.
"Mierda",
pensé al escuchar sus cadenas dando golpes.
Yo
no sabía que me perseguían, quiero decir, no lo vi, pero sí sabía
que algo malo venía hacia donde estaba yo.
Las
cadenas rechinaban detrás de mí.
"Puede
que sean diez, o quince...", pensaba mientras corría delante
del mal.
"KILL
EVERYBODY! KIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIILL!".
"¡Corre
más!", me decía a mí mismo. "¡Corre que están
detrás!".
"What
I wanna? WHAT!? I WANNA KILL YOU!".
─¡Hijo
de puta! ─gritaban ellos─ ¡Deja que te cojamos, vas a ser del
buen bando, puto tarado!
Esas
palabras no me inspiraban confianza, así que como debéis suponer no
paré.
─¿¡Por
qué no os vais al infierno y le comentáis a Satanás que venís de
parte de Villar, que no quiere veros jamás!?─ grité burlón.
De
repente me sentí muy poderoso. De repente pensé que podría con
todos ellos.
En
ese momento estaba pensando en Cecilia.
─¿¡Qué
has dicho, pedazo de perro!?
Los
estaba enfureciendo, por suerte ya estaba llegando a la estación y
allí los policías no les dejarían pasar, era bastante obvio que
eran revolucionarios y que yo no lo era, así que estaría protegido.
─¡Corred
más rápido─ gritó el que debía ser el jefe de ese grupo de
punks─, que está yendo hacia los trenes!
Ellos
se habían dado cuenta de mi plan, pero por suerte sólo quedaba una
calle.
─¡Iros
a la mierda, putas!─ grité triunfal.
"Kill!".
Los
punks desaceleraron al ver que ya estaba saludando a los policías,
aunque aún tuvieron huevos de decirme algo más.
─¡Ni
te atrevas a venir otra vez por aquí, cabronazo!─ comentaron entre
risas.
─¡Ya
veremos quién es el cabronazo!
Recuperé
el aire apoyándome sobre mis rodillas mientras que un policía se
ponía delante de mí cubriéndome con un escudo.
─Joder,
Villar, anda que no, siempre la estás liando, jajaja.
─¿Eh?
Ah, hola, Minkov. Espera un poco, ¿sí? Estoy cansado. Vengo desde
donde estaban los bomberos.
─¿Desde
los bomberos? Guau. ¿Y con esa horda de quinquis? Ya decían que
eras duro de pelar.
Parecía
sorprendido.
Normal.
Primera cosa que leo por aquí (lo sé y lo siento, debí pasarme antes), y debo decir que me ha encantado *__*
ResponderEliminarAún diría más, lo único que cambiaría es el "jajaja" del final,, lo demás está casi perfecto (la perfección no existe que conste) así que voy a seguir leyendo. Por cierto, ¿vas a continuar esto? Yo quiero saber lo que pasará después de que coja el tren y vaya a Barcelona (?
¡Muchas gracias, Phoebe!
EliminarSí, bueno, supongo que hay cosas por mejorar, es imposible hacer nada perfecto, como tú dices.
Y, bueno, sí, voy a seguir la historia, pero últimamente estoy muy atareado y no tengo tiempo ni para respirar a gusto.